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MARTES, 17-JULIO-2007

La escalera de los cupos

Los pescadores de caña legales, que respetan los cupos, no son los culpables del estado de los ríos, ni merecen el trato discriminatorio que se les da con normas insufribles

FirmaOrdoño Llamas Gil LugarLEON

La historia reciente de la pesca deportiva en la especialidad de salmónidos, y en particular en la referida a las truchas, está directamente ligada a los cupos, como limitaciones adecuadas que surtan un efecto de conservación, siempre necesario para no llegar a la exterminación de la especie. Visto así podría interpretarse que ha sido el arma más importante que ha podido emplearse para evitar la progresiva despoblación, ya que siempre se ha considerado culpable al pescador de caña de todos los males que afectan directa o indirectamente al gran problema de la conservación.

La intención parecía buena cuando se iniciaron, con la creación de acotados en los mejores tramos, todos de primera categoría porque todavía no se hacían distinciones entre ellos. Ya que anteriormente no existía cupo o tope alguno, se trató de restringir este estatus poniendo como cupo en estos cotos las 25 piezas con que se inició el procedimiento, y que parecían garantizar la supervivencia de suficientes ejemplares, que llegarían a los frezaderos por cientos o miles, como siempre había sucedido. Así se podrían conseguir varios objetivos: controlar en ellos la anarquía reinante, poner a disposición de algunos unos tramos donde ejercer la pesca con relativa tranquilidad, sin la masificación de las zonas libres y mejor vigilados de día, y conservar el ambiente fluvial. Es fácil suponer que se hicieron cálculos matemáticos y biológicos (¿o no?) que aseguraban el promedio de extracciones por pescador sin perjudicar en absoluto la cría y mantenimiento de la población truchera, centralizados principalmente en la caña de pescar. Y se dictaron normas para el control de la pesca legal.

Por entonces ya se había iniciado lo que después sería una verdadera lacra y el mayor peligro de la época para los ríos: la venta de las truchas a precios siempre ascendentes, que configuraron una red de transporte de truchas pescadas furtivamente, a través de coches de línea y otros medios, los que diariamente surtían de este pescado a restaurantes, bares y hoteles de toda la provincia, sobrepasando estos límites hasta Madrid y otras capitales. Hubo quien se hizo casi rico con estas prácticas. Los procedimientos eran los clásicos, como la garrafa o tiradera, el trasmallo, butrones o nasas, morga, polvos de gas, lejía, dinamita, la pesca a mano, etc.. En las zonas libres no había cupo, y algunos pescadores de caña se dedicaron a la pesca intensiva para su venta, solo que estos lo hacían legalmente, contándose las pescatas por kilos, no por piezas. Eran muy conocidos e incluso admirados. Los ríos lo aguantaban todo.

Los resultados demostraron que nadie había tenido en cuenta a los daños colaterales originados por el valor del producto, y tampoco se habían previsto métodos de vigilancia efectivos, ni sanciones ejemplarizantes que hicieran desistir a los furtivos o a las empresas que envenenaban tramos de varios kilómetros de río y eran sancionadas con ridículas multas.

Se quiso reaccionar continuando con lo que sería una escalera de descenso en los cupos. Desde 25 se rebajó a 20; después a 15; luego a 12; 10, 8, 6, 5 y 4, ó 1 como trofeo, hallándonos ahora en el auge de promoción de la pesca sin muerte, o sea 0. Todo indica que cuando se reducían estos cupos se hacía desde valoraciones matemáticas de despacho, sobre licencias, dando por cierto que tenían que extraerse en cantidades menores a su propia reproducción, pero¿ había dos cuestiones que eran incontrolables: zonas libres sin cupo y la venta alcanzando precios muy lucrativos, sin ninguna ley que lo evitase, ni nadie que fuera capaz de hacer cumplir esa ley, que luego llegó a dictarse, pero, como siempre, tarde.

Mientras tanto acontecían más desastres a las fario, con epidemias y envenenamientos masivos que dejaron deshabitados muchos kilómetros de ríos como el Órbigo, entonces la enseña y el orgullo de nuestra provincia, que facilitó la organización de campeonatos llamados internacionales, quedando reducido a su mínima expresión, y que no ha podido resucitar desde entonces. Nadie tuvo la culpa de tales masacres. Ni la Confederación con su escaso caudal ecológico, ni las empresas de la zona de Veguellina con sus desagües venenosos. Las previsiones no daban para tanta masacre y había que seguir reduciendo cupos a las cañas.

Tratando de prevenir se construyó en Vegas del Condado una piscifactoría que supliría la escasez de frezas importantes, repoblando con los alevines producidos en ella todos los tramos que por causas imprevistas quedasen despoblados. La historia de esta piscifactoría merece capítulo aparte, por todos los inconvenientes con que ha tropezado desde su inicio. No obstante, parecía ser una nueva ayuda que facilitaría el mantenimiento de los cupos.

Estábamos descubriendo el método que ya en otros países se utilizaba para controles estadísticos, y nos apuntamos a la idea: introdujimos la pesca eléctrica, la cual nos permitía saber con exactitud el número de truchas que habitaban nuestros ríos y podíamos por tanto designar unos cupos adecuados en beneficio de la especie. Pero estaban los imponderables que demostraban que algunas veces estas extracciones no eran solo para contarlas. Más bien parecía que era para descontarlas, porque, también algunas veces, no se las volvía a ver. Se enseñó a los furtivos este nuevo método, más efectivo que ninguno, que aprendieron con diligencia y pusieron en práctica con la nocturnidad acostumbrada.

Para paliar los efectos negativos se procedió a la eliminación sistemática de los cebos naturales y algunos artificiales, que estorbaban a las nuevas modas, quedando como reina de este circo la pesca con mosca, preferentemente seca o con ninfa plomeada. ¿Por qué? ¿Influirá acaso el montante económico y turístico que representa su práctica, en contraposición a los cebos naturales que solo consumen anzuelos y plomos? Porque si establecemos unos cupos detrás de otros, convencidos de estar en el buen camino, ¿por qué se nos desfasan los resultados? ¿Qué tienen que ver los cebos con los cupos? O es que somos incapaces de reconocer que no sabemos vigilar para controlar esos cupos, y quizá sea imposible hacer respetar las leyes a todos los pícaros de este país, incluidos los empresarios y ayuntamientos contaminantes, que son en realidad los mayores responsables de la situación actual.

Lo incuestionable es que los pescadores de caña legales, que respetan los cupos, no son los culpables del estado catastrófico de los ríos, y no se merecen el trato discriminado que se les da con unas normas tan exageradamente prohibitivas. Yo diría que insufribles. A los culpables les importan un pito todas ellas, porque no necesitan ni licencias, ni permisos, ni ningún tipo de autorización. Durante la noche no se ve para contar los cupos.


Fuente: www.diariodeleon.com · © El Diario de León, S.A.

Origen: http://www.diariodeleon.com/hemeroteca/noticia.jsp?CAT=105&TEXTO=5989933


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