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VIERNES, 02-MAYO-2008

Un Rioseco pletórico y olvidado

No he vuelto porque me dan ganas de llorar por los espíritus de tantos miles de truchas hermosísimas que habrán terminado mohosas, fritas y trasladadas a destinos ignorados

FirmaOrdoño Llamas Gil LugarLeón

Esta zona del río Luna se veía muy concurrida en verano, pues muchos aficionados a la pesca se desplazaban con sus familias hasta Santibáñez de Ordás, donde existía un espacio por debajo del puente en que se podía aparcar entre una arboleda que proporcionaba buena sombra y sitio de sobra para disfrutar del domingo. Además, como el río estaba superpoblado de truchas, no era difícil conseguir una buena pesca a lo largo del día.

En una ocasión en que fuimos Ismael y yo con nuestras familias las dejamos en la alameda antes indicada y subimos pescando en dirección a los puertos, tramo que hoy está dentro de los límites del coto, y fue una mañana de poca actividad. Ismael había subido adelantándome un buen tramo y cuando ya se acercaba la hora de comer él bajaba por la orilla izquierda y yo subía todavía por la derecha, poco antes del primer puerto. Le indiqué que iba a probar en el puerto y que bajaría rápido para comer todos juntos.

Nada más separarnos comencé a notar que el nivel del río estaba aumentando y que arrastraba algunas ocas, lo que parecía suceder con frecuencia cuando soltaban el agua desde el pantanín de Selgas. Alcancé rápidamente el citado puerto y comencé a pescarlo antes de que se entoldasen las aguas. En el trayecto que va desde el muro de presa hacia arriba hasta la entrada de la corriente no hubo varada que no me picase alguna trucha, que si se soltaba tenía siempre una sustituta que remataba la picada antes de llegar a la orilla. Era como si estuvieran desesperadas por comer todo lo que bajase en la crecida. Teniendo en cuenta que las truchas en esta zona siempre eran de buen tamaño, no tardé ni media hora en llenar a tope la cesta, donde no cabía ni una más. Recogí deprisa y regresé acelerando el paso, pues la hora de la comida ya se había pasado. Cuando llegué al puente y vieron el motivo, se les quitaron las ganas de reñirme por mi poca puntualidad.

Una aventura de pesca

Otra aventura de pesca que no olvidaré nunca me ocurrió en este mismo tramo, cuando esta zona del río Luna era todavía un cauce donde las truchas casi ocultaban las piedras del fondo. Tengo un amigo que no es pescador, Heradio García, pero que le encanta el campo y la naturaleza, y a veces solía acompañarme a pasar un rato por las tardes mientras yo pescaba. Este día nos desplazamos hacia Santibáñez y dejamos debajo de una palera nuestro coche, cerca del río. Eran aproximadamente las siete de la tarde. Nos dispusimos a pescar hacia arriba y en nuestro recorrido encontramos a un bañista (eso parecía) metido dentro del agua en una tabla de las mejores. Cuando no acercamos observamos que llevaba gafas para el buceo y una vara o palo de unos dos metros. Nos pareció extraño, por lo que seguimos avanzando semi ocultos entre la maleza de la orilla y cuando estuvimos enfrente pudimos ver con claridad que se trataba de un tenedor que parecía tener tres dientes con gancho, como los anzuelos, y que el tal demonio (lo parecía) caminaba con el agua hasta el pecho, inclinando la cabeza y observando con las gafas lo que ocurría dentro del agua. Llevaba una bolsa colgada de la cintura y cuando nos vio estiró la figura y trató de ocultar detrás del cuerpo el citado tenedor o arpón, accionando como si estuviera bañándose. Continuamos nuestra andadura malhumorados por comprobar que nadie vigilaba, ni siquiera durante el día.

La gran tormenta

Llegamos al primer puerto y conseguimos pescar seis truchas hermosas, como todas que las que allí habitaban, y cuando aún no había comenzado a oscurecer lo consiguieron unos nubarrones muy negros que nos cubrieron enseguida el cielo y comenzaron a caer enormes gotas, de esas que cuando tropiezan con la superficie del agua producen unas burbujas que según el criterio popular indican que lloverá fuerte y continuado durante bastante rato. Así fue, y menos mal que teníamos previsto la llegada de algún chubasco y llevábamos un paraguas que desplegamos inmediatamente y nos retiramos de la orilla del río hacia un prado, entre sebes, para evitar los árboles y el peligro de los rayos. Comenzó cayendo agua, pero inmediatamente se transformó en granizo, el cual crecía en intensidad y en grosor hasta tal extremo que todo nuestro alrededor quedó en diez minutos completamente blanco, y que los golpes en el paraguas eran tan fuertes y sonoros que optamos por aflojar un poco su tensión para que no nos rompiera la tela. Nos agachamos para comprobar el grosor de los granizos y quedamos asustados, pues muchos tenían el de una nuez y algunos lo sobrepasaban. Mientras tanto llegó el verdadero ocaso y todo quedó negro como boca de lobo en el cielo y blanco total en el suelo. Cuando terminaron de caer recogimos la caña y salimos de nuestro círculo verde en dirección al sendero que bordeaba la orilla.

Comenzamos el regreso orientándonos siguiendo las hierbas que crecen siempre en las orillas de los senderos, pues todo estaba cubierto de granizo y no llevábamos linterna. La distancia que nos separaba del coche era de unos dos kilómetros y tardamos lo indecible en llegar. Cuando nos fuimos acercando casi no se veía el coche, tan cubierto estaba de las hojas de la palera, a pesar de ser de un color amarillo canario. Por fin guardamos todo, movimos el coche para limpiarlo de hojas y comenzamos el regreso hacia casa. Cuando pasábamos por el pueblo de Rioseco me propuso mi compañero Heradio entrar en el bar y comentar que había sido una tormenta preciosa. Desde luego no era el mejor comentario que podíamos haber hecho, puesto que todos los campos de cultivo de los alrededores habían quedado arrasados por el temporal de granizo. Luego se reía socarronamente... ¡Nos habrían linchado!

Cuando llegamos a casa y bajamos del coche, comprobamos que las ondulaciones o aguas que parecía hacer el capó del coche mojado no eran otra cosa que las abolladuras que las piedras de granizo habían hecho en la chapa. Terminó sus días ondulado. Al día siguiente nos enteramos de que a otros compañeros de pesca, que llevaban un Citroën descapotable, además de las abolladuras les había dejado sin capota y encontraron mojado todo el interior. Hace pocos años fui a pescarlo pensando que, como era coto, no dejaría de haber quedado alguna trucha en los rincones conocidos por mí, pero ni me picó ni vi ninguna. Sólo a unos pescadores asturianos que habían madrugado mucho y que regresaban tan decepcionados como yo. No he vuelto porque me dan ganas de llorar por los espíritus de tantos miles de truchas hermosísimas que habrán terminado mohosas, fritas y trasladadas a destinos ignorados, donde tampoco las habrán tratado con delicadeza.


Fuente: www.diariodeleon.com · © El Diario de León, S.A.

Origen: http://www.diariodeleon.es/hemeroteca/imprimir_noticia.jsp?CAT=105&TEXTO=6784117


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