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MIÉRCOLES, 02-JULIO-2008

Los barbos de Villahibiera

Debemos de hacer justicia a un pez que siempre demostró ser el más fuerte y resistente del río y, si es un ejemplar grande, muchos pescadores no serían capaces de sujetarlo

FirmaOrdoño Llamas Gil LugarLeón

A pesar de que habitamos en una cuenca en la que los barbos siempre tuvieron importancia, ya que sus desplazamientos a través de nuestros ríos alcanzaron hasta muchos cauces de montaña y que los ribereños de muchas de las zonas bajas siempre les tuvieron especial aprecio por su exquisita carne, cuando el pescado de mar no alcanzaba su distribución hasta los pueblos más retirados y sólo podían comprar la pesca que les ofrecían los pescadores de red, hoy a nadie se le ocurre buscar un puesto de venta de estos peces en los mercados, como ocurría hasta hace poco tiempo en el de la plaza del Conde, aquí en León. En las escaleras de la puerta principal solían ponerse algunos vendedores de barbos, bogas y, últimamente, también lucios, que habían sido pescados con trasmallo la noche anterior. Pero hoy no vamos a rememorar su aspecto mercantil, sino todo lo contrario. Vamos a hacer un poco de justicia a un pez que siempre ha demostrado ser el más fuerte y resistente de cuantos habitan en nuestros ríos, y que si se trata de un ejemplar grande, habrá muchos pescadores que no serían capaces de sujetarlo o controlarlo, pues es tan rápida y potente su carrera que romperá el nylon del aparejo o conseguirá encuevarse o arrimarse a la maleza que haya en las orillas o en las profundidades, de donde será muy difícil hacerle salir.

Los procedimientos empleados para su pesca son variados y van desde el más empleado de cebo a fondo, con o sin flotador, hasta la pesca con cucharilla y con mosca artificial, que también son efectivos en determinados lugares. Pero, desde luego, creo que el que más interés tiene es el sistema a fondo con un flotador alargado, que se sostiene tumbado en la superficie, y que avisa con sus levísimos y seguidos movimientos de la inminencia de la picada del barbo, que le hará deslizarse hacia adelante hasta tirar de él hundiéndolo en lo profundo. Es el momento del ligero cachete y de sujetar con fuerza la caña, procurando dominarlo. Los primeros envites son emocionantes por su fuerza y resistencia, y si se trata de un buen ejemplar hay que tener experiencia para conseguirlo. Nada parecido a los demás peces del río, cada uno con sus peculiaridades, pero que suelen entregarse con más facilidad.

Cómo pescarlo

Para la pesca del barbo se emplean toda clase de cebos, desde los propios del río como gusarapas, gusarapines, gusanos verdes y de canutillo, asticot, escarabajos de agua, lombrices, negrillas, ova y otras larvas de las zonas bajas, todos los productos hortícolas y semillas que puedan ser adecuados para su preparación o cebado de los lugares de pesca, por ejemplo, trigo, pepitas de melón, maíz, patata, etcétera, así como masillas compuestas con miga de pan o harina aderezadas con especias o esencias para hacerlas más apetecibles y olorosas. En junio pueden observarse grupos de barbos que ascienden buscando las aguas limpias, casi siempre orillados, hasta conseguir llegar al lugar adecuado para efectuar su desove. Luego se aposentan en los pozos o raseras donde tengan alimento adecuado o descienden de nuevo hasta conseguir acomodo o volver al punto de partida. Una vez concentrados en los pozos es llegado el mejor momento para intentar su pesca a fondo, bien sea cebando con alguna semilla o utilizando los cebos de río, o bien al corrido a la entrada de la corriente con ova, que a veces es excepcional.

Pues bien, en ocasión en que se daban las circunstancias adecuadas, acordamos mi compañero Clemente Prieto el Chepa y yo desplazarnos hasta Villahibiera a pescar, ya que lo habíamos previsto con tiempo. Cogimos el día anterior las gusarapas necesarias en el Puente Villarente y nos presentamos a las siete de la mañana en Villahibiera. El Esla venía perfecto, pues se había pasado el tiempo de las crecidas y traía un caudal casi de verano. El agua limpia y el día soleado parecían prometernos una buena jornada. Descendimos por el terraplén, aprovechando un hueco que dejaba paso entre la vegetación, hasta la entrada del segundo puerto, donde teníamos previsto colocarnos. Una vez allí, preparamos las primeras cañas ambos, y efectuamos los lances. Cuando tratábamos de hacerlo con las segundas (entonces se permitía pescar con dos) ya se había producido la primera picada con un barbo de buen tamaño, y no pudimos colocar las segundas hasta pasado un buen rato, pues no nos lo permitían las sucesivas picadas. Fue una mañana de una actividad continuada, en la que no faltaron las anécdotas curiosas, como una picada que obligó a flexionar la caña hasta pegar con el puntero en el agua y que me tuvo en vilo varios minutos, pues el barbo enganchado ofrecía una resistencia enorme y no se dejaba ver en ninguna de sus carreras. Daba la impresión de ser de un peso superior a tres o cuatro kilos. Cuando conseguí subirle a la superficie comprobé que su tamaño no era proporcional a su fuerza, pues pesaba unos 1.500 gramos, pero nadaba de lado y estaba enganchado por debajo de una de las aletas pectorales. A Clemente le arrancaron una caña de repente, mientras sacaba un barbo pequeño con la otra. La reacción fue inmediata: tuvo que meterse en el agua hasta la cintura corriendo y enganchar con el carrete de la otra puesta al revés la caña que se iba corriendo hacia el pozo.

No sé si se les puede llamar barbos de montaña, por su color dorado brillante y su vitalidad. Nada que ver con otros que he visto pescar en el puente de Quintos, desembocadura del Esla en el pantano de Zamora, más pálidos pero de enormes tamaños (4, 5, 6 kilos) pescados con pequeñas quisquillas. Solamente se conseguían de estos pesos algunos en el muro de presa de Benamariel, por el procedimiento del robo, prohibido también entonces.

Hacia el mediodía tuvimos que dejar de pescar, porque ya habíamos llenado una nasa plegable de alambre (unos 20 kilos) y alguno más en las cestas. Por entonces todos los pescadores estábamos mentalizados, creo que tradicionalmente, con el hecho de llevarse toda la pesca a sus domicilios, consumiendo parte de ella y regalando el resto a familiares o amigos. Nadie había propuesto aún cupos a los ciprínidos, ni pesca sin muerte a ningún pez. Si hubiera sido hoy, es probable que hubiéramos escogido media docena y soltado los demás.

Era el mejor momento para celebrar el éxito, y lo hicimos dedicando todo el tiempo necesario a dar cuenta de nuestra merienda y parar a tomar un café en el viaje de regreso. Nunca más volvimos a repetir esta experiencia, debido a que mi amigo Clemente tenía predestinado un largo viaje hacia un destino ignorado.


Fuente: www.diariodeleon.com · © El Diario de León, S.A.

Origen: http://www.diariodeleon.es/hemeroteca/imprimir_noticia.jsp?CAT=105&TEXTO=6952890


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