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SÁBADO, 09-AGOSTO-2008

Pescadores ya licenciados (III)

La afición a la pesca se hereda o se transmite. «Mi verdadero maestro de la pesca a cucharilla fue mi tío Fidel Gil con quien compartí muchas horas y días de pesca»

FirmaOrdoño Llamas Gil LugarLeón

Mis tíos: Felipe y Fidel

Mi afición a la pesca me fue inoculada por dos tíos míos: Felipe Morán, herrero en Almanza, era pescador de red, de los que construían un «burro» de juncos para atravesar el río en invierno flotando, y al que acompañé en ocasiones durante mi niñez y pubertad a extraer las redes que había dejado durmiendo y que estaban cargadas de barbos de todos los tamaños. Por el día las bogas, y por las noches las cuerdas para pescar anguilas, además de la red. En la época de los cangrejos me llevaba a pescarlos a los regueros que ellos llamaban «Los Riales», muy cercanos al citado pueblo de Almanza, cuando no existía limitación de talla ni de cantidad. Tuvo algunos problemas con la guardia civil, antes de que su hijo y su yerno pertenecieran al cuerpo y estuviera el último destinado en el pueblo. Sin embargo, mi verdadero maestro de la pesca a cucharilla fue Fidel Gil, tío carnal mío y sobrino del anterior, con quien tuve la suerte de compartir muchas horas y días de pesca, desde la infancia hasta la madurez, primero ribereño del Cea en Puente Almuhey y después domiciliado en Cistierna, con el que todas las cucharillas eran efectivas. Yo le vi hacer lances verdaderamente difíciles con el convencimiento de su éxito, y casi siempre lograba su objetivo. Luego me decía, con la sana vanidad de dirigirse a otro pescador y además pariente: «De aquel rincón sólo saca truchas tu tío», y se quedaba tan sonriente... La primera trucha que pesqué fue acompañándole en el Cea, cuando yo acababa de cumplir la primera decena de años. Con aquel medio kilo colgado de una ramita de salguera entré triunfante en el pueblo, haciendo ostentación de mi pescata. Desde entonces he disfrutado y luego padecido con el virus de la afición.

Isidoro

Otro compañero ya desaparecido fue Isidoro, con quien compartí algunas jornadas de pesca con extrañas coincidencias, como por ejemplo en Ardón. Para acceder al río había por entonces un camino muy empinado que te bajaba a la orilla. Al llegar desde la carretera a la parte superior, donde dejamos el coche, y mientras preparábamos nuestros aparejos, vimos ascender por el mencionado camino a un pescador en una motocicleta de poca cilindrada con la cesta colocada en el portabultos, a toda velocidad dando saltos entre las piedras sueltas, aprovechando la inercia para poder llegar arriba, continuando luego su viaje. Cogimos nuestros aperos y nos dispusimos a bajar el empinado camino, pero la sorpresa fue mayúscula cuando empezamos a ver caminando entre la gravilla y el polvo a algunos cangrejos, a mucha distancia del río. Desde la zona alta fuimos recogiendo cangrejos hasta la zona baja (aproximadamente dos docenas). Sin duda el pescador de la motocicleta llevaba la tapa de la cesta abierta y los iba perdiendo con los saltos del camino.

Pero el día aún nos tenía reservada otra sorpresa. Después de varias horas de intentar pescar sin éxito, y en un recoveco entre las piedras sueltas de la orilla, observo que se mueve ligeramente un papel pequeño y oscuro. Me acerco para comprobar de qué se trataba y veo un billete de cien pesetas, de aquellos de color marrón que se utilizaban entonces. Lo recojo inmediatamente y me sorprendo aún mas al ver que es un fajo de siete billetes iguales, es decir, setecientas pesetas de las de entonces, que suponían el salario de medio mes para muchos trabajadores.

Cuando recogíamos los bártulos de la pesca y montábamos en el coche, si yo le preguntaba por si podía habérsenos quedado alguna cosa sin meter me contestaba: «De lo que llevamos, no».

Isidoro se consideraba a sí mismo como bromista y socarrón, y alguna razón tenía cuando se veía involucrado en situaciones como la siguiente: él y su íntimo amigo Zancajo tenían otro amigo común con quien compartían momentos de asueto y alterne tomando vinos, el cual poseía un chalet en la carretera de Asturias, con una zona verde aneja que parece ser que estaba minada por los topos. Comentando la situación entre ellos, Isidoro y Zancajo se comprometieron a solucionarle el problema radicalmente, por cuyo trabajo solamente le cobrarían una merienda en el chalet. Llegado el día se trasladaron al lugar, y comenzaron por dar primero buena cuenta de la merienda preparada, pues era mejor hacer el exterminio al oscurecer. Una vez finalizado el ágape se dispusieron a cumplir su misión, para lo cual echaron mano de un cuchillo y una tabla de madera y le dijeron al anfitrión: «vete trayéndonos los topos, que nosotros te los matamos».

Isidoro era de esas personas que recurrían a soluciones rápidas, sobre todo si se trataba de asuntos relativos a la alimentación. Después de haber dado cuenta de su gran bocadillo, si se quedaba insatisfecho, limpiaba dos o tres truchas recién pescadas, hacía una pequeña hoguera y las asaba sobre una piedra, ingiriéndolas después.

Con este mismo compañero, mientras buscábamos a los simpáticos «blasses» en una manga existente por encima de Valencia de Don Juan, se nos hizo de noche. El coche había quedado aparcado en la misma terminación del camino, en lo alto del terraplén, después de darle la vuelta, para salir ya directamente. Este último trozo del camino tenía una ligera inclinación hacia el precipicio, del que le separaban unos cinco metros con algunas zarzas, por lo que se salía subiendo. Pues bien, cuando recogimos, ya dispuestos a marchar, la puesta en marcha no funcionaba debido a que la batería se había descargado casi por completo. Se trataba de un Simca 1200 y no era fácil conseguir moverle subiendo el ligero desnivel, pero entre los dos y con mucho esfuerzo (sobre todo él que era un hombre muy fuerte), logramos empujarlo como unos cinco o seis metros hacia el camino de salida. Gracias a que siempre arrancaba muy bien, lo conseguimos dejándolo caer con la marcha atrás metida en aquellos pocos metros de margen que teníamos. Menos mal que los frenos sí funcionaban.

Gonzalo Cañibano

A Gonzalo Cañibano le conocían en todos los rincones de la provincia donde existiera alguien a quien vender algún camión y algún bar donde celebrar el acontecimiento. Bonachón y dicharachero, conquistaba con su trato y con sus relatos de alegres comilonas o aventuras de caza. También era pescador y compañero, y en una ocasión en que estábamos en el coto de Mercado del Puente, de la provincia de Zamora, había pescado yo tres truchas y las había llevado al coche. Como él no tenía ninguna, le dije que lo callase. Cuando llegó el guarda se enzarzaron en un animado diálogo, pues coincidió que era vecino de su pueblo. Cuando me acerqué a ellos ya eran íntimos amigos y cuando me vio le espetó al guarda: «Este ya tiene en el coche tres truchas guardadas». El guarda lo tomó como una broma y no se dio por aludido.

Arturo

Tuve otro compañero durante varios años, cuando no había casi coches, que se llamaba Arturo y era brigada retirado del ejército. Muy aficionado a la cucharilla cuando estaba en su apogeo, nos acompañaba a pescar con asiduidad a Sardonedo, donde lo difícil era no pescar. Cuando observaba que algún otro pescador sacaba alguna trucha, siempre soltaba la misma frase: «Vaya sardinilla», aunque estuviera seguro de su buen tamaño. Su carácter no le facilitaba la buena armonía ni el compañerismo, por lo que riñó con el anteriormente citado Bautista y dejó de salir con nosotros.


Fuente: www.diariodeleon.com · © El Diario de León, S.A.

Origen: http://www.diariodeleon.com/se_deportes/noticia.jsp?CAT=105&TEXTO=6999005


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